viernes, 4 de febrero de 2011

Un verano diferente

Julio García Carpio

Una experiencia real de acogimiento temporal de menores refugiados por una familia voluntaria

Hacía algún tiempo que a través de una emisora radiofónica habríamos tomado un número de teléfono en el que informaban sobre la acogida veraniega de niños - aquellos eran rusos -, que pasaba momentos difíciles - casi siempre guerras - y cuyas familias directas, de no haber perecido, sufrían grandes dificultades económicas que impedían incluso su correcta alimentación. Ya se que puede resultar insultante pensar en estas pequeñeces, cuando los noticieros nos dan cada día imágenes extremerecedoras de todo, incluso de niños que mueren de hambre o enfermedades en medio revueltas o guerras, a fin de cuentas, conflictos de adultos, pero a nosotros nos hizo reaccionar el comprobar que eran, o podían ser, nietos o biznietos de aquellos que acogieron a nuestros niños cuando tuvieron que salir de España durante nuestra última y odiosa contienda civil.

Había, por lo tanto, en nuestra conciencia un aliciente añadido para con estos niños que, de alguna manera, nos empujaba a tratar de ayudarnos con ese pequeño esfuerzo que se nos pedía a través de las ondas. Llamamos repetidas veces al que el número de teléfono, y no pudimos hablar con nadie que nos explicara algo sobre el asunto. Siempre, a través del auricular, aparecía el sonido característico de un fax; daba igual que llamáramos por la mañana, por la tarde o por la noche, aquel odioso sonido era la única respuesta que recibíamos. Pasaban los días y nuestras intenciones iniciales iban desapareciendo. En una desidia lenta y permanente se diluían nuestras inquietudes, de igual manera que tras ver imágenes desastrosas en televisión, al día siguiente y de forma poco honrosa, se nos arrinconan en las profundidades de nuestras mentes occidentales, y se olvidan prácticamente.

Pero el verano siguiente, un amigo, sin duda más concienciado y perspicaz, me comentó que traería a pasar el verano, con su familia, un niño proveniente de una de esas repúblicas de la extinta Unión Soviética y que, a través de la ONG que él empleó, yo también podría hacer lo mismo. Cuando lo comenté con mi familia todos opinaron al respecto y decidimos poner manos a la obra, de tal manera que el verano siguiente podía ser diferente. Y así fue, era un niño huérfano de padre, proveniente de Georgia, refugiado de una guerra civil que, sin entrar en detalles sobre ella, tenía unas connotaciones bastante familiares para los españoles en su historia más reciente. Me resultó conmovedor ver como mis hijos, dos días antes de que llegara Goguita - así se llamaba el niño - escondían todos los juguetes bélicos e incluso las pistolas de agua, para tratar de evitarle los recuerdos que éstos pudieran traerle.

Entrar en los detalles de convivencia de mi familia con Goguita durante mes y medio resultaría largo y entrañaría un sinfín de riesgos innecesarios y, finalmente, mi poca habilidad en la escritura, daría una imagen sesgada e inexacta sobre nuestra experiencia familiar que, sin duda, fue positiva. Explicar cómo llegó, qué trajo en su cabeza y cómo se fue, me haría parecer pretencioso; basta decir, sobre todo, que su cara reflejaba con claridad un antes y un después. Sólo comentar que algo que se originó con la única finalidad de ayudar a un niño, de hacerle pasar un verano alejado de los ambientes hostiles por donde residía, de hacerle vivir en el entretenimiento y de hacerle comprender que es posible la convivencia pacífica con diferentes personas, diferentes ideologías, diferentes creencias y diferentes idiomas, se transformó y finalmente las experiencias positivas también las vivimos nosotros, aprendimos a valorar las cosas de otra forma, a comprobar que vivimos en el mundo de la opulencia y que no todo es así, a encontrar en el mapa países que nos pasaban inadvertidos, a conocer conflictos ajenos y a interesarnos por ellos, a comprobar lo inútil de las guerras y a conocer de primera voz sus terribles efectos.

Deseo fuertemente que mis hijos, de trece y nueve años, hayan comprendido todo esto y que Goguita, ese niño georgiano de once años que no vamos a olvidar, también haya podido comprobar los resultados de una convivencia pacífica como la nuestra. Nuestra experiencia ha sido satisfactoria, y espero que también la de él y desde estas líneas animo a todos a vivirlas. De verdad que merecen la pena, para ellos y para nosotros, en esta pretendida Aldea Global y, créanme, el entendimiento, aún con idiomas diferentes, con un niño nunca es problema. Si deseáis hacerlo contactar con la Fundación Integración y Solidaridad a través del correo finsol@hotmail.es, os atenderán gustosamente.

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