viernes, 28 de enero de 2011

Escritores y antihéroes


Yolanda Delgado Batista

A lo largo de la historia encontramos tantos escritores que han estado y están comprometidos con su tiempo, que lo más justo sería componer una lista detallada de todos ellos, pero arriesguémonos citando algunos nombres: Anna Ajmátova, Marina Tsvetáieva, Hannah Arendt, George Orwell, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Primo Levi, Mahmud Darwish, Edmond Jabés, Cabrera Infante, Saramago, Vargas Llosa, Amos Oz… Sus plumas se afilan cuando se sienten en la urgente necesidad de denunciar la injusticia social, siempre incómodos para la derecha y para la izquierda. Escritores que van más allá de las ideologías, que no claudican a ejercer su derecho a la crítica, y preservan su pensamiento, y su palabra, de cualquier contaminación, dispuestos siempre a pagar el precio que sea necesario, con el exilio, la cárcel, la prohibición de sus obras o incluso la muerte. Han sido y son portavoces de un análisis más amplio de la realidad que nos viene impuesta, la mayoría de las veces fabricada sobre discursos convincentes que nos mantienen alienados, alejados de la miseria, de la explotación laboral y de la opresión política.

Como Diógenes Laercio ponen en evidencia lo ridículo de la economía salvaje que destruye al género humano y al planeta. Ellos optan por un “yo” que tiene voz propia para reivindicar un “nosotros” que pide a gritos un compromiso y una renovación honesta. Ellos reivindican la “Historia” que sufre la enfermedad de la desmemoria interesada, en la que todo puede borrarse si no resulta conveniente, y que sin embargo, tanto podría enseñarnos a la hora de encauzar nuestro futuro. Pero en su ambiciosa lucha, estos antihéroes, se lanzan a la desesperada intentando recuperar el valor primigenio de las palabras, que hoy más que nunca, han perdido su esencia y el poder que ejercían, capaces de dinamitar de un plumazo la realidad en mil pedazos. Las palabras se han convertido en meros arquetipos, han echado por tierra su credibilidad, su fuerza ¿Es que las palabras se han vuelto inútiles para nombrar este desasosiego? ¿Sólo pertenecen a discursos mediáticos o a los titulares informativos? Pobreza, solidaridad, justicia, compromiso, política, ética, explotación, libertad, igualdad, honestidad, ¡paz!... Nos hemos acostumbrado a un reduccionismo peligroso de las situaciones que afectan al mundo con palabras estereotipadas que funcionan como códigos políticos, publicitarios o mercantiles.

Estos revolucionarios del lenguaje recuperan las palabras de las cenizas y la desnudan en público, despojándolas de todo aquello que las ensombrece. En esto del lenguaje, todos nos hemos convertido en funcionarios al servicio de los tópicos, de los clichés, de las metáforas desacertadas que tan sibilinamente nos mantienen a una distancia aséptica de la realidad. Quizás el trabajo de los escritores comprometidos sea devolver a las palabras el valor de nombrar las cosas desde varios ángulos, sin derecho a la exclusión, y con la obligación de encontrar un entendimiento donde confluyan todas las interpretaciones. Quizás su labor pase por despertarnos de esa alucinación en la que estamos inmersos para sobrevivir tempestades dolorosas que afectan al “nosotros”. Quizás la literatura esté tomando el testigo de la vida, mientras el mundo va inventado formas para evadirse de la misma. Ojalá llegue ese día en el que los escritores no sufran en sus vidas y en su literatura el peso de la injusticia. Ardua, dolorosa tarea, contra toda esperanza.

Este articulo se ha publicado en www.islasanborondon.com, el 26 de enero de 2011

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