viernes, 21 de enero de 2011

AGENCIAS DE CALIFICACIÓN CREDITICIA

Noel Leunam

Cuentan las crónicas de la Historia Económica Mundial que cuando John Maynard Keynes abandono Cambridge en 1905 y se presento a los exámenes del Servicio Civil del Gobierno Británico, quedo muy mal en Economía (¿), siendo su explicación característica: “Seguramente los examinadores sabían menos que yo” (esto, que le ocurrió a Keynes, no es extraño ni raro en la vida de los grandes heterodoxos: tampoco Salvador Dalí aprobó su examen de acceso a la Escuela de Bellas Artes de Madrid), lo que no fue óbice para que Keynes no pudiera prestar sus servicios a la Administración Civil británica y tuviera que entrar en la llamada Oficina de la India donde, para beneficio de la causa económica mundial, alivio su aburrimiento trabajando en cuestiones económicas probabilísticas y monetarias lo que le permitió volver a Cambridge con una beca y trabajar con el gran Alfred Marshall, al que pronto, con sus trabajos, dejo anticuado. Suerte que tuvimos el resto de los humanos gracias a labor, a veces desagradable, de esos examinadores.

Contamos esto porque en la vida, en casi cualquier actividad, es necesario que existan unas personas o instituciones que ejerzan de examinadores y calificadores de esa actividad y en esta situación de histeria colectiva en la que vivimos por la gran crisis económica que nos atenaza y que en con una miope visión adanistica pensamos que es la primera y mas grande que ocurre en la historia de la humanidad, existen unos instrumentos de los mercados financieros internacionales que han sido identificados por casi todos los informes públicos y privados como unos de los grandes y principales culpables de dicha crisis: las Agencias de Calificación Crediticia o Agencias de Rating.

En efecto, estas Agencias, que en su momento dieron las máximas calificaciones a emisiones e instrumentos financieros de dudosa solvencia que después acabaron quebrando y además, después, no corrigieron esas calificaciones para adaptarlas al deterioro de esa solvencia de emisiones e instrumentos calificados (caso Enron, caso Lehman Brothers, Madoff, etc..) todavía hoy, con su cruda actuación, se han convertido en el terror de los Gobiernos de los Estados que, con mayor o menor acierto, están intentando capear los efectos devastadores de ese maremoto económico que está arrastrando al mundo occidental y sus ciudadanos hacia no se sabe donde.

La modificación de la regulación jurídica de estas Agencias (Reglamento Comunitario 1060/2009 y diversas medidas legislativas en los Estados Unidos) que ha pretendido establecer los requisitos mínimos de organización y operación de las mismas para que sus calificaciones puedan ser utilizadas con fines reglamentarios por entidades de crédito, empresas de inversión financiera, entidades de seguros y otros intermediarios financieros, sin embargo, no ha conseguido atajar los problemas de fondo de su actuación que son, fundamentalmente, la falta de competencia real entre ellas, pues forman un fuerte oligopolio, y el conflicto de interés que surge al ser la entidad calificada la que abona el servicio de evaluación a la agencia calificadora.

No proponemos la desaparición ni el debilitamiento de estos instrumentos de control del riesgo financiero, pues nos parece básica su existencia. Lo único que decimos es que esta actividad calificadora hay que regularla de otra manera, mas acorde con los principios de transparencia, competencia e interés publico y general que redunden en el beneficio y bienestar del conjunto de la ciudadanía, no vaya a ser que, con tan mezquina actuación del mundo del capital, fueran ciertas y todavía vigentes estas palabras: ”… ni el mejoramiento de la maquinaria, ni la aplicación de la ciencia a la producción, ni un plan de comunicación, ni la apertura de mercados, ni el libre comercio, ni todas esas cosas juntas terminaran con la miseria…” (1864, Proclama a las clases trabajadoras de Karl Marx en el mitin en Londres de la Primera Internacional, 28 de septiembre). Algunos estamos empezando a dudar y nos preguntamos si este no llevaría razón.

Los gobiernos, especialmente los occidentales, deben ponerse a ejecutar esta tarea, sin esperar ni un minuto mas, pues, creo que estamos todos de acuerdo, no debe existir poder sin responsabilidad y existe un consenso internacional de que estas Agencias calificadoras tienen un poder cuasi omnímodo y debe exigírseles una responsabilidad proporcionada a ese poder.

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