lunes, 13 de diciembre de 2010

La verdad de las mentiras



Yolanda Delgado Batista

Los que fuimos estudiantes de Ciencias de la Información allá por los años 80 tuvimos en nuestra bibliografía la lectura de un ensayo de Guy Durandin titulado: La mentira en la propaganda política y en la publicidad. Este ensayo frustró nuestra ingenuidad en un tiempo en el que aún creíamos que la democracia recién estrenada también sería capaz de flexibilizar la participación en los rígidos sistemas de comunicación de masas. Ha llovido mucho desde entonces. Internet fue una oportunidad increíble para que cualquiera pudiera participar con voz propia y existiera un feed-back real entre emisores y receptores, sin embargo, pese a albergar en un principio esa esperanza, hoy algunos, entre los que me incluyo, miramos este mundo “inventado” -y escojo con toda la intención esta palabra- con un descreimiento absoluto. Los muros que existen fuera del mundo virtual, las reglas de poder, los censores –llamados moderadores-, y los móviles económicos se han instaurado en la web con igual nepotismo, y las personas que no estén dispuestas a asumir esas reglas son perseguidas hasta darles alcance con argumentos legales. Democratizar la información, compartirla, hacerla pública y accesible fue desde siempre un juego peligroso y desestabilizador. Vivimos el tiempo de la mentira y ésta es aceptada por consenso.

El marketing electoral, La publicidad, la manipulación de la audiencia, la creación de necesidades como forma de expansión del mercado, la “deformación” informativa a favor de unos intereses políticos, que a su vez están al servicio de los intereses de determinados grupos económicos que sufragan campañas y partidos… La invención de estrellas mediáticas que no tienen oficio pero sí unos pingües beneficios, presentadores de televisión, deportistas, cantantes, actores, modelos, y otros participantes anónimos que de la noche al día saltan a la fama por ser bufones o comparsa de determinados shows y que van alimentando su “biopic” a base de escándalos y más escándalos, son la materia prima que se maneja y que se nos suministra desde cualquier medio o vehículo de información. Las herramientas que maneja el mercado han diversificado aún más la gama de productos que rodean al personaje famoso, el kit de complementos no tiene límite, accesorios para el pelo, determinada lencería, cremas, perfumes, bolsos, libros, conciertos, álbumes, cualquier objeto consumible es apto para generar ingresos a partir de una marca, llámese Lady Gaga o Amazon, llámese Zara o Stephen King, llámese Coca-Cola o Real Madrid. La vida de estas marcas registradas, conocidas en el mundo entero, tiene que ser continuamente promocionadas, publicitadas y rellenar espacios televisivos, diarios o estar presente en las redes sociales, con el único objetivo de seguir generando ingresos.

La perversión del mercado ha llegado a tal extremo que a veces nos cuesta distinguir la realidad de la ficción. Los mensajes “fabricados”, esos con apariencia de verdad han existido siempre, no nos engañemos, no creo que a estas alturas y con cierto grado de educación leamos un periódico sin poner entre comillas la información que se nos facilita, sería como comprar caldo de pollo en tetrabrick y creer que se trata del caldo que preparaba nuestra abuela. Lo mismo pasa con las cadenas de televisión, la radio, las revistas, o las webs que visitamos. Buscamos aquellos discursos con los que nos sentimos más o menos afines, cuyas mentiras nos resultan más ciertas que otras, porque en el fondo necesitamos sentirnos parte de un grupo social que comparte unas opiniones concretas. Lo mismo ocurre con los partidos políticos, con la religión que profesamos o con el tipo de cultura que consumimos. A pesar de la exaltación de la individualidad por encima de la colectividad, hoy más que nunca, la globalización ha conseguido que el hombre sea grupo, colectivo o lo que es peor, masa. Nos guste o no, hasta los inconformistas, los individualistas, los descreídos, los anti-sistema, los agnósticos, los misántropos, los exilados morales o reales, también están presentes en las estadísticas y en los estudios de mercado. Nadie se salva, exceptuando la población marginada y paupérrima: los invisibles. Mientras no se organicen, mientras no se rebelen, los pobres no cuentan para el mercado, salvo si se traducen en una cuenta bancaria en la que podemos expiar nuestro consumismo desenfrenado y apaciguar nuestras conciencias intranquilas.

Seamos claros, el concepto de verdad o certeza debiera borrarse de nuestra mentalidad romántica porque nunca fue una máxima en el juego de las relaciones sociales. La verdad, o la certeza, es un concepto aceptado en el mundo de la química o de la ingeniería genética pero no en nuestra vida cotidiana. La historia del hombre ya comenzó con una mentira: Eva mintió a Adán, y éste traicionó a su mujer cuando Dios le pidió el nombre del culpable. Desde el primer momento, existió la intención de manipular la conducta del otro para obtener un deseo, y este efecto manipulador se ha repetido una y otra vez. Las tretas, los ardides más sucios y rastreros se justificaban siempre que se lograse la victoria y la hegemonía de un pueblo. Mentir es la profesión más vieja del mundo, y en esta época convulsa que nos ha tocado no es distinta de las que nos precedieron. Aquella frase de S. Agustín, “la verdad os hará libres”, nunca tuvo seguidores, ni siquiera entre sus colegas del clero.

Los gobiernos más influyentes construyen discursos políticos “cargados de razones objetivas” con los que justificar atentados contra miles de civiles de otros países. Las voces de los que gritan públicamente que en algún lugar del planeta se están violando los derechos humanos nunca llegarán a tener un eco mayor en los medios que el último concierto de Madonna. Los inconformistas sufren arrestos domiciliario, los que publican las miserias políticas de un país son perseguidos por estados gobernados por Premios Nobel de la Paz, los que trabajan en ayuda humanitaria son acribillados en barcos de paz , los que luchan por la justicia social, los que aún creen el reparto equitativo de la riqueza, los que confían en que la cultura promueve el desarrollo y el libre pensamiento de los hombres, los que trabajan para que todos los hombres sean iguales sin distinción de sexo, raza, religión o condición social, en definitiva, los disidentes de la mentira no tienen sitio en este mundo donde se pagan sueldos astronómicos a los profesionales de la farsa. No se engañen, incluso quien les escribe alberga la perversa intención de suscitar en el lector de este artículo un pensamiento determinado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario