jueves, 30 de diciembre de 2010

El thaler de plata

Antonio Miguel Carmona

Este artículo se publicó el 28/12/2010, en www.elplural.com

Uno de cada dos alemanes proponen abandonar el euro y volver al marco: ¿será que no lo hemos entendido? Cuando se estableció la medida de 1,95583 marcos por euro y disolvíamos el viejo marco y el resto de las monedas de la Unión Monetaria en un euro común, nos las prometíamos muy felices.

Ahora nos encontramos, empero, que determinados países necesitan devaluar su moneda, que ya no tienen, con el fin de meterle gas a su incipiente expansión. Unos desean un euro fuerte, otros un euro débil, cada uno opina en función de las necesidades de las economías nacionales y de las políticas económicas locales.

La unificación de Alemania en 1871 introdujo el marco de oro como moneda común en 1873, sustituyendo la disparidad de monedas de cada uno de los estados alemanes, la mayoría de ellas referidas al Thaler de plata, base que contenía 16 ¾ de Ag. ¿Quién puede pensar que debemos volver ahora a la moneda del Gran Ducado de Mecklembourg-Schwerin anterior a 1873 para aliviar las finanzas del Gran Duque?

Bien seguro que muchos ciudadanos del Reino de Hanóver, del de Prusia, del de Baviera o del de Wurtemberg, hubiesen deseado volver a sus monedas locales y evitar aquel marco que tanta inflación les trajo: los primeros años del siglo XX no fueron precisamente ejemplares para la política monetaria alemana, la hiperinflación supuso una ingente producción de marcos en papel moneda y el nacimiento del papiermark, rentenmark y reichmark.

No faltaron voces, tras la II Guerra Mundial, que pedían que cada estado alemán volviera a su moneda de referencia, abandonando el papel-marco. Si se hubiese seguido esa peregrina idea los paisanos del Principado Elector de Hesse-Kassel hubiesen recuperado su moneda basada en aquel añorado thaler de plata. Efectivamente, tras la Guerra, Alemania tristemente asistía al mayor desorden monetario conocido, donde se utilizaban como monedas de cambio tanto los rentemark, los reichmark, las botellas de whiskey que habían traído las tropas norteamericanas o, incluso, los cigarros de New Jersey. Por ello, los estadounidenses impulsaron en la Alemania Federal un marco estable, en junio de 1948, el Deutsche Mark, mientras que los soviéticos hicieron lo propio un mes después. El control inicial norteamericano, el refuerzo del Bundesbank con grandes reservas derivadas de, en primer lugar inversiones exteriores, y, posteriormente, de una superavitaria balanza comercial, junto con una política monetaria escrupulosamente anti-inflacionista, convirtieron al marco en una moneda de referencia.

La diferencia es que la creación del marco como moneda común de la gran Alemania, suma de los anteriores estados, reinos, principados y ducados, se convirtió en moneda estable cuando, ya en los años cincuenta, la República Federal de Alemania lograba tener una política económica común y no una política local de cada Estado (salvo el paréntesis nacionalsocialista que conviene olvidar). En definitiva, la unificación monetaria se hizo estable cuando pudo contar con una política económica común.

Juntar el marco alemán con la lira italiana, el dracma griego o el tólar esloveno tiene sus riesgos, pero juntarlos en una convergente serpiente monetaria que acabó en una moneda común, sin políticas económicas siquiera coordinadas, podía poner en cuestión el euro al más mínimo soplo de viento, y no les quiero contar si el soplo es todo un tsunami financiero internacional.

Ése es el problema: hemos logrado una unidad monetaria común en un puzzle de políticas económicas locales dispares y dispersas. Sin una política económica común las tensiones en el seno del Banco Central Europeo convierten a éste en mero espectador del resquebrajamiento de las estructuras económicas de los países periféricos que no soportan un euro fuerte o un euro débil.

Alemania sin Europa no se entiende de la misma forma que Europa no es Europa sin Alemania. La capacidad motora, backward linkages, supone que el crecimiento del país teutón es capaz de arrastrar al resto de las economías europeas con tan solo un poco de ayuda de los demás. Pero también es verdad que cuando ellos peor lo tenían, Europa, desde 1945, no les ha fallado: la conversión de un marco del este por uno federal en proporción de uno a uno, lejos de la realidad, dio lugar a serias alteraciones en la estabilidad monetaria europea; la subida de los tipos de interés de la deuda con el fin de atraer capitales que pudieran reconstruir la Alemania del Este provocó movimientos que aún estamos recordando; la generación de déficits públicos durante los noventa y primeros años del siglo XXI, al margen del Plan de Estabilidad, perdonó a Alemania dichos desequilibrios que ahora Merkel no indulta.

La solución no es volver al marco o a la peseta, sino sostener un euro con políticas económicas comunes, lo cual supone una mayor coordinación de éstas, e, incluso, la capacidad de emitir Deuda europea controlada por el banco central. ¿Tienen la misma capacidad de decisión Timothy Geithner que Joaquín Almunia? Se trata de armonizar y poner en común la política económica: si así lo hacemos, volver al marco tiene las mismas posibilidades que volver al thaler de plata del Landgraviato de Hesse-Homburg.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

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