miércoles, 22 de diciembre de 2010

El "Grito" de Munch y el sistema capitalista

Justo Sotelo

El sistema capitalista es el único que ha sobrevivido en un siglo XX convulso, lleno de guerras y totalitarismos, pero eso no significa que sea perfecto. Si, por una parte, estamos más comunicados que nunca, por otra, la sensación de incomunicación también resulta patente. Muchas personas tienen miedo a no verse reflejadas en el espejo de la vida, incluso de que el espejo no exista. El aislamiento y la soledad pueden ser terribles para los que sienten que no tienen ningún control sobre su existencia. ¿Cuál es la explicación a esta paradoja? ¿Quizá que no somos capaces de asimilar tanta información que tenemos en nuestras manos, y sentir que hay un lugar en el mundo para nosotros? Nos sentimos libres, pero a la vez prisioneros. Ya no existe la esclavitud como tal (aunque, ¿qué representan, si no, las cárceles de Guantánamo y de algunos países donde la pena de muerte aún continúa vigente?), pero ha surgido una especie de esclavitud “mental” que lleva a algunas personas al suicidio y a otras a los sillones de los psiquiatras. Ahí radica parte del mundo invisible del que hablaba Kafka en sus relatos, y que es fruto de un sistema económico sin alma y sin corazón.

¿Qué ocurriría si cualquier mañana alguien tocara en nuestra puerta porque nos han denunciado por alguna cosa, y nos metieran en la cárcel? ¿Qué sucedería si no pudiéramos pagar la hipoteca del piso? ¿Y si el banco donde tenemos los ahorros de toda la vida se declarara en suspensión de pagos, o el gestor de nuestro patrimonio nos llevara a la ruina por su desmedida ambición? Y eso que ni siquiera hemos mencionado a los mil millones de personas que malviven con un dólar al día, aunque puedan conectarse a Internet desde el lugar más remoto que podamos imaginar.

A pesar de los avances en todos los órdenes de la vida (por supuesto, positivos), somos incapaces de construir mapas cognitivos que abarquen el mundo por completo y den sentido a la posición que nosotros mismos ocupamos en el mapa. Ya no sentimos placer ante las flores mágicas de Rimbaud ni los torsos griegos de Rilke. Ahora sólo tienen valor los sujetos que han sido convertidos en objetos, y si miramos hacia atrás nos encontramos con el Grito de Munch, que, de alguna forma, representa la alienación, la fragmentación social, la soledad y el aislamiento.

Justo Sotelo, es Catedrático de Economía Aplicada

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