jueves, 4 de noviembre de 2010

Laborismo (y IV) : la Tercera Vía

Antonio Miguel Carmona

Este artículo ha sido publicado en www.elplural.com, el día 1/11/2010

Hijo de familia conservadora -su padre era un abogado de prestigio, profesor de Derecho, comunista en su juventud y dirigente local tory posteriormente-, Anthony Blair tenía todos los condicionantes para acabar siendo un profesional de prestigio. Sin embargo, mientras estudiaba derecho en Oxford, admirador de Mick Jagger, fundó un grupo de rock llamado The Ugly Rumours, al tiempo que se afiliaba al Partido Laborista.

Se especializó en Derecho del Trabajo al hacerse abogado laboralista, próximo a los sindicatos, trabajando en el bufete de Derry Irving donde conoció a una joven jurista católica que se convertiría más tarde en su mujer. Su tenacidad no le desmoralizó cuando se atrevió a presentarse a concejal por el municipio londinense de Hackney y a diputado por el conservador distrito londinense de Beaconsfield, siendo derrotado en ambos casos de forma abrumadora. Sin embargo, no pasó desapercibido su arrojo para Michael Foot, líder laborista perteneciente al ala izquierdista de la organización quien propuso la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el desarme nuclear unilateral.

En ese sentido hay que decir que 1983 fue el año de la derrota de Foot y la llegada, por fin, de un joven Tony Blair a la Cámara de los Comunes por la circunscripción de Sedgefield : fue la recompensa de una voluntad emprendedora férrea. A las órdenes de Neil Kinnock primero, y de John Smith después, desempeñó una brillante carrera parlamentaria. Smith, que había llevado al laborismo a grandes avances ante la opinión pública, no pudo disfrutar, tras un repentino ataque al corazón, de la victoria laborista en las Europeas de 1993. Meses después Tony Blair, con un programa transformador, logró vencer a sus compañeros John Prescott y Margaret Beckett, convirtiéndose de este modo en el líder del laborismo.

Junto a su amigo Gordon Brown, con quien acordó el que vino en llamarse el Pacto de Granito –que ellos nunca reconocieron-, construyó un nuevo laborismo en el seno del partido. En 1995 lograron en un Congreso eliminar la Cláusula Cuarta de los estatutos que remarcaba la propiedad colectiva de los medios de producción. Nacía el nuevo laborismo sustentado en una idea que Blair y Brown denominaron El modelo para el siglo XXI. “No me metí en política para cambiar el Partido Laborista” –dijo ante los dirigentes laboristas-, “me metí en política para cambiar mi país”.

Se trataba de convertir el labour en un instrumento interclasista que conformara una hegemonía social que llevara a la organización a la mayoría electoral. Su capacidad de seducción de las clases medias garantizaba estos objetivos. La reforma del marco institucional, la descentralización del Reino, la participación de los municipios, la política económica social-liberal, el compromiso desde el centro izquierda, la política exterior atlantista, el impulso a una mejora de la sanidad y la educación públicas, se convirtieron en un marco general que atraía a diferentes niveles de renta. Su enorme capacidad de liderazgo logró llevar a los agentes económicos y sociales en la misma dirección : “El arte del liderazgo” –decía- “es saber decir que no, decir que sí es demasiado fácil” (¿les suena?).

De esta forma, en 1997 ganó al conservador John Major convirtiéndose en el primer ministro más joven desde Lord Liverpool casi doscientos años antes. Con la idea de ese nuevo marco comenzó a desarrollar reformas institucionales que desconcentraron el poder central británico con la aparición del Parlamento escocés y de la Asamblea Nacional de Gales, reformó la Cámara de los Lores renovando a sus más vetustos miembros, creó la figura del Alcalde de Londres y, desde el punto de vista normativo, presentó en el Parlamento la conocida Ley sobre los Derechos Humanos. En materia de política exterior ahondó en las relaciones atlantistas, reincorporó al Reino Unido en la UNESCO –institución de la que le había apartado Margaret Thacher-, y se confesó europeista en una Gran Bretaña que apenas quería saber nada del continente, llegando incluso a defender la incorporación de la libra en el euro en aquel famoso Consejo Europeo de Cardiff de 1998. Más sorprendente fue aún la pacificación del Ulster, aquello que parecía imposible, década tras década, siglo tras siglo : el Acuerdo de Viernes Santo, en el castillo de Stormont, en presencia de Bill Clinton, se firmó la paz en Irlanda del Norte y el desarme del IRA.

La evolución ideológica del new labour parecía imparable. En 1998 termina de perfilar su base ideológica reformista denominada Tercera Vía y la resume en un libro, inspirado en las ideas de Anthony Giddens, publicado por la Sociedad Fabiana. La base ideológica moderada, reformista, centrista, seducía sin parpadear a la izquierda europea : en 1999 publicó un manifiesto con Gerard Scroeder intitulado Europa, la Tercera Vía y el nuevo centro.

Su victoria electoral en 2001 le ayudó a profundizar en una reforma sanitaria eficaz y en una prosperidad económimca que hacía decenios no había contemplado el Reino Unido. Sin embargo, con la intervención en Afganistán en 2001 y la decisión tomada en la Cumbre de las Azores en 2003 de entrar en una guerra ilegal sembrada de mentiras, convirtió la fiesta reformista en el comienzo del declive. Años más tarde, ante la Comisión Chilcot -que investigaba aquella errada participación del Reino Unido en la Guerra de Irak- se mostró soberbio y desafiante reafirmando su decisión, si bien, en su autobiografía, publicada hace escasos meses y que les recomiendo, reconoce su arrepentimiento por las víctimas generadas.

Cuando alcanzó su tercera mayoría en 2005 ya conocía que habría de poner en práctica el acuerdo con Gordon Brown de depositar en él el relevo del liderazgo del laborismo y de Downing Street, promesa que cumplió con su dimisión en el año 2007. Quedaban atrás reformas como la del aborto o el matrimonio civil para homosexuales, avances que le espetaron cuando, tras dejar el liderazgo del pais, se convirtió al catolicismo.

La derrota de Gordon Brown en 2010 no le sorprendió : “sabía que no iba a funcionar”, reconoce. La derrota electoral del laborismo tras quince años de gobierno, según él, se debió al abandono de los principios del nuevo laborismo : “ganó cuando era nuevo laborismo, perdió cuando dejó de ser nuevo laborismo”, sentencia.

Su controvertida dedicación al asesoramiento de multinacionales y su conversión religiosa a la confesión de su esposa abrieron la espita para acelerar unas críticas que habían comenzado especialmente a partir de una política exterior desafortunada. Sin embargo, sus reformas y el acervo ideológico del laborismo, hizo de la nación un lugar mucho más próspero y del partido una organización infinitamente más abierta.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

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