jueves, 11 de noviembre de 2010

El ciudadano y la religión

Juan Muñoz Mansilla

La religión ha servido frecuentemente, a lo largo de toda la Historia, para que los débiles y oprimidos estuvieran sedados ante la injusticia de los opresores, es decir, que se ha administrado a manera de “morfina” para que la estructura social permaneciera como a los poderosos les interesaba.

En algunos casos, las jerarquías de las religiones servían a los reyes y señores y en otros, esas mismas cúpulas religiosas, también han ejercido directamente el poder político. A todos nos debería hacer pensar la estrecha relación que siempre ha existido entre religión y poder.

Es cierto que algunas religiones se han podido disfrazar de plurales, con diversas tendencias, unas más progresistas y otras más conservadoras ó reaccionarias; pero en el fondo lo único que han buscado ha sido perpetuarse, poniendo los huevos en diferentes cestas para minimizar las posibles pérdidas.

El que haya personas bienintencionadas que creen realmente en los dogmas religiosos y que ejerzan una labor socialmente plausible, no quiere decir que la misma base de la religión y, sobre todo, su jerarquía no responda a la realidad con la que comenzaba este articulo.

Cuando las sociedades modernas, mucho más formadas y con mayores niveles de conocimiento científico y humano, empiezan a cuestionarse a los chamanes, sacerdotisas, obispos y demás, es decir, cuando los súbditos comienzan a querer ser ciudadanos y pretenden dotarse de una organización y una ética social que responda más a la condición humana y menos a los cantos de sirena esotéricos, es cuando la máquina arrolladora, forjada durante siglos, de la religión sale a escena para evitar que se les termine su forma de vida y sus privilegios.

La secularización de la sociedad es una realidad imparable a medio plazo, porque la religión no ofrece respuestas, si no más bien impone dogmas que son difícilmente compatibles con la razón. De hecho, en épocas históricas en las que desgraciadamente no había mucha cultura entre el pueblo, los pocos pensadores que pretendían demostrar verdades científicas fueron acallados, cuando no ajusticiados, por la propia religión, ya que suponían un grave peligro para su “status quo”.

Los que pretendemos que el hombre libre, es decir el ciudadano, se dote de unas reglas de juego democráticas que permitan tener un núcleo ético común, basado en la libertad, no queremos discutir sobre la libertad religiosa, ni de otra clase de libertad con adjetivos. Creemos que la LIBERTAD en nuestra sociedad debe incluir cualquier complemento gramatical que se le quiera añadir (de pensamiento, de culto, sexual, etc.), siempre respetando a los demás y a su propia libertad.

Eso quiere decir que el termino libertad es incluyente, entonces ¿por qué desde los puentes de mando de la religión se empeñan en criticar la libertad? Es posible que piensen que si no mantienen el control de la educación y de las costumbres sociales, los ciudadanos libres lleguen a la conclusión de que nadie debería imponerles dogmas que limiten su condición humana.

Aun digo más, creo que de tener algún apellido nuestra sociedad democrática, seria el de libre. Ni siquiera el término laica es apropiado, puesto que, como nos ilustra el historiador Javier Fisac, el término “laico” lo inventó el clero cristiano para diferenciar la sociedad clerical/religiosa de la laica/religiosa, y por lo tanto ese adjetivo lleva implícitas unas reglas del juego impuestas por la propia religión. ¿Por qué no ser, sencillamente, CIUDADANOS de una sociedad democrática?

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