viernes, 1 de octubre de 2010

Teatro Jovellanos

Antonio Miguel Carmona

Publicado en el www.elplural.com el día 29/09/2010


La razón por la que Tomás Gómez comenzó su campaña de primarias en la Casa del Pueblo de la Unión General de Trabajadores (UGT), aquel día de septiembre todavía caluroso, en un salón repleto de voces y aplausos, sólo fue una: porque somos socialistas (no encuentro una causa de peso mayor, entre las numerosas que se me agolpan en la memoria, que a veces flaquea pero que se resiste para poder seguir recordando que nuestro proyecto de transformación social tiene dos remos).

Era el 12 de agosto de 1888 y el Teatro Jovellanos de Barcelona estaba abarrotado; levemente, al fondo, podía oírse la voz de Pablo Iglesias denunciando la explotación y las abusivas jornadas de trabajo. El sudor y los aplausos, los trabajadores agolpados, sentían más que oían la voz del rubio entonarse en aquella mesa que presidía el estrado : estaba naciendo la Unión General de Trabajadores.

En Madrid, como en ningún otro sitio del estado, el encuentro entre los socialistas del sindicato y los socialistas del partido nunca ha sido casual. Ataques de desmemoria sufren algunos cuando no saben -o nunca han llegado a saber-, que los Comités Regionales del Partido Socialista de Madrid (PSM) se celebran, precisamente, desde hace tantos años, en la Casa del Pueblo de la avenida de América. Memoria de una piedra sepultada allí nos reunimos porque no somos, eso, más que socialistas.

Un estruendo de aplausos de aquella grey hizo retumbar aquel teatro de Barcelona cuando el abuelo anunciaba el resultado de la decisión democrática y sin imposiciones de la mayoría de los trabajadores: Antonio García Quejido, también tipógrafo, había sido elegido presidente de la primera central sindical socialista.

No cabe en nuestro acervo más que la democracia. Nuestra organización, en coherencia con la dirección federal, es autónoma en su funcionamiento y obedece de forma sistemática a las decisiones de los afiliados y militantes. Lo sabemos desde Casa Labra y desde el Teatro Jovellanos: a algunos se les ha olvidado y piensan, en su legítimo derecho, que es en los despachos y las moquetas, los salones y los pasillos, donde han de ser elegidos a los nuestros que llevarán la voz de los nuestros, de tal forma que el mérito proviene de la imaginación y de la capacidad de zurear a la dirección política.

Los socialistas, de partido y de sindicato, sabemos que la huelga general, no es una representación teatral, es un instrumento de clase que sirve para valorar el grado de participación de los trabajadores en la oposición a unas medidas que desde el punto de vista del sindicato no son las adecuadas y, por ende, afectan al bienestar de los trabajadores. Como cuadro ejecutivo del PSOE respaldo a mi Gobierno y participo en los debates sobre los derechos de los trabajadores. Entiendo sin embargo, para mayor abundamiento, a mi sindicato, especialmente en lo que se refiere a la capacidad de despedir a los trabajadores a partir de una mera previsión de pérdidas. Participo en mi partido, cuya área económica dirijo, con el fin de evitar que cualquier reforma laboral pueda convertirse en una transferencia de renta de los trabajadores a los empresarios. Y confío en el entendimiento del PSOE al que pertenezco y la UGT a la que también pertenezco, con el fin de alcanzar acuerdos que hagan que los dos remos puedan seguir remando.

La legalización de la UGT en 1977 abrió paso a que las calles se poblaran de rosas, se abrieran de nuevo las sonrisas en las fábricas y los talleres y sintieran nuestros hermanos mayores la luz del sol con la esperanza de alcanzar un nuevo horizonte.

En Madrid lo sabemos muy bien. Los socialistas madrileños hemos afianzado unas sólidas relaciones con la Unión de Madrid: es difícil inventar la luna. Es fácil entender que Tomás Gómez goce del apoyo en estas primarias de la mayoría de los miembros y afiliados del sindicato hermano. Como secretario general ha llegado a alcanzar acuerdos programáticos con las dos organizaciones de clase, mientras que la presidenta saliente permanecía impávida, con el deseo puesto en la desaparición de los miembros de las secciones sindicales, la negociación colectiva y el derecho a la huelga.

El PSM ha sabido elaborar un proyecto político de enorme envergadura y en cuyo primer capítulo reside la concertación social. Otros que quieren venir podrían lograrlo: nosotros ya lo hemos logrado. Propuestas concretas de Gobierno consensuadas con ambos sindicatos. Es nuestra obligación.

Los aplausos sonoros mecían el aire bajo múltiples ojos que miraban por primera vez el abrazo, en aquel teatro abarrotado, entre Iglesias y García Quejido, que no era otro que la unión entre el partido y el sindicato, el sindicato y el partido.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

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