miércoles, 27 de octubre de 2010

Hungría infortunada: epíteto constante


Javier Pérez Bazo

El presente artículo se publicó en la Tribuna del diario EL PAÍS, el dia 8/10/2010

El autor explica que el pueblo húngaro se hace muchas preguntas en silencio y contempla resignado y triste este nuevo infortunio, con la calma social como antídoto de alarmas suicidas

En su letra, el himno nacional húngaro es sin duda el más afligido y luctuoso del mundo. Un canto a modo de plegaria para que el Señor bendiga y ampare al pueblo con la abundancia, porque a lo largo de sus días ya sufrió innumerables penurias, adversidades e infortunios y merece que "vea su trigo al fin maduro / pues ya ha pagado por su pasado y por su futuro". Los húngaros lo entonan con muy singular manera, con emoción contenida por la tristeza y orgullosos de sí mismos, recordando infelices las sucesivas ocupaciones de sus tierras por mongoles, turcos, austriacos, nazis, soviéticos... Porque así fue destejiéndose la historia magiar, a sangre y fuego de voluntades invasoras hasta perder dos terceras partes de su territorio con una firma de paz ciertamente desventajosa: la aún hoy añorada Transilvania, enajenada tras el versallesco Tratado de Trianon (1920). Pese a todo, el húngaro muestra su altivez por haber logrado conservar su identidad y ese idioma endiablado y de beldad extrema para el oído, de ignorada procedencia, convertido en honra nacional; tal vez sólo una especie de aflicción alojada en el tuétano del alma colectiva y hasta cierta postura resignada ante la malandanza y las desdichas empañan su carácter. El resto son decires sobre gentes tristes y soñadoras, preparadas para construir utopías, acaso castillos que imaginan pero que nunca levantan, que convierten en realidad pero que habitan otros. Es ésta una de las paradojas húngaras, acaso el inmarcesible lamento por un destino que, según parece, se percibe reiteradamente inevitable.

Mucho de este particular temperamento magiar ha aflorado más visible al rostro húngaro en estas últimas fechas, tras producirse la ruptura de una balsa de enormes dimensiones que contenía residuos de aluminio, próxima a las localidades de Kolontár y Devecser, al noroeste de Hungría. Sabíamos que el país es uno de los mayores productores de aluminio en el mundo por su riqueza de bauxita, pero ignorábamos el peligro que, en caso de un accidental suceso, podía generar el almacenamiento de esta criminal escoria, del lodo rojo y de la lejía abrasante que lo cubre. Y nadie presuponía que el quebramiento de un muro dejara a varios pueblos tintados del más que simbólico color carmesí, que el barro y líquido tóxicos quemaran la flora y fauna con consecuencias impredecibles y amenazara con su contaminación hasta al mismísimo Danubio. El creyente húngaro habrá pensado que la Candelaria, virgen patrona del país, o incluso el mismo san Esteban, extendieron su manto protector para lograr el milagro de que este desastre, de proporciones todavía desconocidas, se saldara sólo con cuatro muertes, tres desaparecidos y no pocas personas gravemente dañadas por el ácido.

Como casi todas las catástrofes, accidentales o intencionadas, ésta llega acompañada con los consabidos enigmas e hipótesis, con conjeturas más o menos contrastadas: sobre su naturaleza y consecuencias, sobre la culpabilidad humana, si la hubo, y sobre si acaso pudo haberse evitado. Para comenzar, convendrá exigir explicaciones a la empresa Mal Zrt (Sociedad Húngara de Comercio de Aluminio), dirigida por una de las veinte personas más ricas del país. Desde luego, lo ocurrido empequeñece a la inundación de Pest, provocada por el Danubio en 1838, en la que el altruista conde Wesselény salvó con su barco a muchos compatriotas; e incluso supera con creces al siniestro que el 30 de enero de 2000 se produjo al romperse una presa en la explotación de oro en Baia Marc, al norte de Rumanía, liberando un fango con alta concentración de cianuro que contaminó irremediablemente los ríos Somes y Tizsa (éste tan emblemático para los húngaros y desde entonces tan herido) hasta llegar al mar Negro. Hungría reclamó una importante indemnización a la empresa australiana considerada responsable de lo sucedido.

Hoy el pueblo húngaro se hace muchas preguntas en silencio. Contempla resignado y triste este nuevo infortunio, con la calma social como antídoto de alarmas suicidas, con la contención que el drama y la razón aconsejan, con la misma solidaridad de la que en tiempos muy recientes acudió a paliar inundaciones sin precedentes. Tal vez porque desconoce la auténtica magnitud de la catástrofe, o porque, ante su impotencia, únicamente espera y reclama que le digan las causas creíbles, verdaderas, de la tragedia y a quién o a quiénes tienen que atribuirse las correspondientes responsabilidades. Del conocimiento y de la veracidad no merece privársele y la comunidad internacional así debería recordárselo a la República húngara. Lo demás quedará al recaudo de los propios húngaros, de su solidaridad y de su solicitud de auxilio urgente a otros pueblos, y que éstos no se la escatimen. Porque hoy temen, no sin razones ya evidentes, que la herida se llague todavía más y alcance al corazón del Danubio. Les sobrecoge la posibilidad de que se agrande la tragedia sin remedio. Sólo la unión de las naciones, de la Europa solidaria en el esfuerzo y la ayuda sin dilaciones, evitará que el Duna -el río que imanta las miradas y embellece a Budapest con sus abrazos, el de sorprendentemente flujo azul en primavera, al que se acercó József Attila para llevar a su poema una cáscara de sandía, que flotaba en sus aguas, el "zorro viejo", del también poeta Endre Adi, a cuyas "orillas nunca vivieron pueblos felices", el "río divino" al que Garcilaso en su Canción IIIescuchaba el "manso ruido de agua corriente y clara" -, discurra con ondas carmesíes y muerte en sus entrañas y dilate el epíteto constante de la Hungría infortunada.

Javier Pérez Bazo es director del Instituto Cervantes de Budapest y catedrático de Literatura española de la Universidad de Toulouse (Francia).

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