lunes, 9 de agosto de 2010

Socialdemocracia, por supuesto

Javier Gil

Tengo que admitir sin duda, que me estoy haciendo muy mayor, pues cada día entiendo más y mejor a Eduard Bernstein, el revisionista por antonomasia, y además, reconozco también, que llevo entendiéndole desde ya hace unos cuantos años. Revisionista, que en mis años de revolucionario, no sólo no admitía cuando, a modo de ofensa política, me lo aplicaban la izquierda más radical de entonces (años 1970), y lo hacían indudablemente con ánimo de insultar, pero también tengo que reconocer que me sentía ofendido de verdad.

Mi concepto de cambiar las 'cosas', pasaba ineludiblemente por la revolución y la ruptura, pero jamás por las reformas, para mí entonces absolutamente inadmisibles como método, e impensables siquiera como posible opción. Y por qué lo que en su día era para mí una ofensa hoy, en cambio, admito y afirmo que cada día estoy más de acuerdo con Bernstein, al fin y al cabo el 'inventor' del 'insulto'. Paso a explicarlo; el considerado por muchos, como: 'el padre de la socialdemocracia alemana', nacido en 1850 (el mismo año que Pablo Iglesias), en una familia judía, seguidor de Marx y Engels, y albacea de la propiedad intelectual de éste último, pero discrepando en cuestiones fundamentales con ambos. Entendía que la libertad, la justicia y la solidaridad, eran, o debían de ser, los cimientos de la sociedad, e igualmente pensaba en la posibilidad de transformación del capitalismo al socialismo mediante un proceso de reformas políticas y económicas, graduales, por lo que la confrontación electoral y la presencia en los parlamentos de los partidos socialdemócratas se transforma en el método central de avance al Socialismo. La dictadura del proletariado, él la sustituía por el partido de los proletarios, entendiendo éstos de un modo amplio, incluyendo incluso al pequeño empresario, y ante la destrucción del estado, oponía la utilización y la defensa de la democracia, para conseguir mejoras sociales para los ciudadanos, a través de sus Instituciones.

También son conocidos sus enfrentamientos en los debates que mantenía con Rosa de Luxemburgo, de acuerdo ambos en el fondo, pero en desacuerdo en las formas, el primero defendiendo el revisionismo y la segunda la revolución. Sí quiero destacar el optimismo con que ambos defendían sus posturas, a finales del XIX principios del XX, seguramente ante el convencimiento de que el cambio era posible, y por uno u otro método se produciría, y que contrasta, a mi juicio, con el fatalismo que vivimos en la sociedad actual.

Lo anterior, para mí, es razón suficiente, y también necesaria, para entender a Bernstein, como decía al comienzo, y no sólo entenderlo, sino decididamente apoyar su modo de entender el cambio hacia una sociedad: más libre, más justa y más solidaria. Socialdemocracia, al fin y al cabo.

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