viernes, 20 de agosto de 2010

Edmond Jabés: el escritor de las preguntas


Yolanda Delgado Batista

El desierto fue el paisaje de su infancia, como fue el de Camus, y aquel calor hermoso que imperó en la niñez, les vedaría de todo resentimiento, y forjaría en ellos una rebeldía indomable con la que después encararon el mundo.
Edmond Jabés nació en El Cairo, en 1912, pero en 1952 los judíos fueron expulsados de Egipto, y Jabés, que entonces tenía cuarenta años se trasladó a París, ciudad en la que había cursado sus estudios universitarios, allí recibió la protección de su amigo y poeta Max Jacob, vinculado al movimiento surrealista, con el que Jabés no llegaría a congeniar. Quizás porque llevaba el desierto dentro, quizás porque tuvo que convivir con su condición de exilado, Jabés buscó retirarse del mundo para crear, para entonar un grito personal, en el desierto de la página en blanco.


Su poesía, su prosa poética, su creación, refleja la ausencia descarnada de la autocompasión, su inconformismo lo dedicará a hurgar en la existencia, y su sentido, y sobre esto escribirá hasta el final de sus días. La escritura lo conduce hasta el precipicio, porque “escribir es enfrentarse a un espejo desconocido”, y Jabés se miró en ese espejo y en vez de respuestas, los bolsillos se le llenaron de preguntas que pesaban como piedras, y él fue escribiéndolas a trompicones, una a una, en El libro de las preguntas, que parece escrita a martillazos, como si se tratara de un diario interrumpido y desordenado, como es la vida, y en ese libro recogerá sentencias, diálogos, y también escucharemos, en ese paisaje baldío, la voz de los rabinos, y el amor de Sara y Yunkel, oiremos el dolor del Holocausto, pero también se escuchará la música del silencio que es como si chillara, porque ya no se puede más, como escribió Cabrera Infante, otro escritor que viviría del exilio y de la música. La obra de Edmond Jabés puede ser leída como un único libro, El umbral y la arena, El libro de las semejanzas, y éste que nos ocupa, El libro de las preguntas, van esculpiéndose sin buscar una forma concreta porque lo que allí se lee carece de un orden innecesario. Lo que importa es el rumor o el silencio, el sonido del viento en el desierto, como si el latir del océano de arena fuera el único que hilara las frases, los diálogos, y sobre todo las preguntas. Y Edmond Jabés escribe porque el libro es su universo, su país, su techo y su enigma, y las palabras poseen una dimensión de trascendencia y de revelación que Jabés, como judío, aprendió a no abandonar jamás.
Será un explorador de palabras, a las que desnudará hasta el alma, e intentará nombrarlas de nuevo, como si quisiera estrenarlas de nuevo. Jabés oye el silencio del desierto, ese desierto que se llevó como recuerdo de la infancia, donde las palabras florecen como rosas y son el maná de su exilio.





"La palabra es una isla.
El libro es un océano poblado de islas.
Es un cielo acribillado a estrellas. La isla, la estrella son figuras del exilio”



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