viernes, 23 de julio de 2010

Niveladoras y cavadoras

Antonio Miguel Carmona

Este artículo ha sido publicado el 23/7/2010 en www.elplural.com

En la Inglaterra de Cromwell, concretamente en el espacio comprendido entre los años de 1647 a 1650, aparecieron diversos grupos políticos que han venido conformando, por sus hechos y por sus obras, un buen ejemplo de los antecedentes de la izquierda.
Venía discutiendo entre compañeros si el fin último del socialismo es la libertad o lo es la igualdad; si la igualdad es el fin como defienden los partidarios de la III Internacional, o, si es la libertad el objetivo y la igualdad uno de los instrumentos como sostenemos los socialdemócratas.

En el ejército del de Huntingdon, apareció un grupo de soldados rasos que se vinieron en llamar los niveladores (levellers) -es decir, agricultores, pequeños comerciantes, artesanos, trabajadores-, comandados por Richard Overton y por John Liburne, que conformaron el ala izquierda de las milicias revolucionarias.

Los levellers defendían la separación radical de los derechos políticos de los derechos de propiedad. La decisión de los ciudadanos está por encima de su capacidad de renta y su acumulación de riqueza, de sus privilegios y de su situación.

Para los levellers, a diferencia de los whigs o liberales clásicos, el Parlamento y el resto de estructuras reservadas a una minoría no podían estar por encima de la voluntad popular. Ni que decir tiene que, como defendían los tories o conservadores propiamente dichos, mucho menos la Corona podía tener prevalencia sobre las decisiones de los ciudadanos.

Sin embargo, las diferencias económicas impedían que pudiera accederse a la libertad en el sentido que proponían los mismos niveladores. Apareció entonces un grupo más radical, los cavadores o diggers -también llamados los verdaderos niveladores-, comandados por Gerrard Winstanley, que consideraban que no se podía alcanzar la libertad y la autonomía de los ciudadanos si no se liberaba a las masas de la miseria. Fue entonces cuando comenzaron ocupando tierras comunes con el fin de cultivar y generar renta a aquellos que no la tenían. En ese sentido, para los cavadores o diggers, la propiedad privada era el origen de la corrupción y las desigualdades, sustentada como institución en otras como la Iglesia o la Judicatura. Pero, como decía el propio Oliver Cromwell, “nunca se va tan lejos como cuando no se sabe a dónde se va”.

Eduard Bernstein rescató en su Sozialismus und Demokratie in der grossen Englischen Revolution (1895), como ejemplos tan ligeros como relevantes de antecedentes del socialismo, a los movimientos de los levellers y, especialmente, de los diggers. Los socialdemócratas nos situamos, salvando las distancias históricas, entre el radicalismo (verdaderamente) liberal de los niveladores y la utilización de las políticas de igualdad de los cavadores.
Permítanme el juego histórico para poder traerles a colación que en las organizaciones de izquierdas nos encontramos los dos extremos. Aquellos cuyas reformas no se adentran en la raíz del problema sustentada en las diferencias económicas, por un lado, y, en el otro extremo, aquellos que suspenden el fin de la libertad y lo sustituyen por un igualitarismo no instrumental. Entre ambas está la virtud.

El fin último de los socialistas es la libertad del individuo y su participación en la sociedad a partir de la autonomía que le confiere su propia libertad, de tal forma que conviene nivelar las diferencias en el ejercicio de los derechos políticos. A diferencia de los liberales propiamente dichos, sin embargo, existen condiciones sociales adversas y condiciones personales adversas que impiden que gran parte de los hombres y mujeres puedan ejercer la libertad; por este motivo los socialistas creemos al mismo tiempo en cavar la tierra, en llevar a cabo la aplicación de políticas de igualdad que hagan que todos y cada uno de los ciudadanos puedan acceder sin distinción a parecidos grados de libertad. Uno de los errores de una buena parte de los socialistas es no creer en la libertad como fin último, sino en la igualdad por sí misma, no como instrumento para alcanzar más libertad (II Internacional), sino como objetivo final del socialismo (III Internacional).
Los derechos políticos, el ejercicio de la libertad en todos los ámbitos, no puede depender ni de la renta ni de la riqueza, ni del origen ni de la función social, ni del color de la piel ni del lugar donde se viva. En un punto intermedio entre los levellers y los diggers desarrollamos actuaciones que conforman una sociedad más justa en la que el conjunto de los ciudadanos cuenta como la suma autónoma de los individuos ejerciendo propiamente su libertad. Efectivamente, socialismo es libertad.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

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