lunes, 19 de julio de 2010

Los inmigrantes

Antonio Miguel Carmona

Este artículo ha sido publicado el 16/7/2010 en www.elplural.com

En aquella obra de Billy Wilder, El Apartamento, esperaba en la calle, lleno de frío, cuando su jefe usaba su residencia para amar a una Shirley Maclaine llena de sueños de la que Lemmon estaba enamorado. De jóvenes soñábamos con un apartamento discreto que nos permitiera independizarnos, bonito y acogedor, que no pareciera un picadero: que fuera el apartamento de un estudiante con el futuro por delante. Aquel apartamento, ¿recuerdan?, que nos vendían por diez millones de pesetas y que vale ahora, ay, cuarenta, aunque, eso sí, ha bajado un poco. La disminución de tipos y la aceleración de nuestra renta disponible multiplicaron las compras y éstas el precio, y el precio la rentabilidad, y la rentabilidad la inversión. Eso cuando éramos estudiantes, pero, ¿se acuerdan cuando nuestros padres eran emigrantes? Atillo al hombro, largas horas en el tren, y la llegada a Munich, o a Zurich, o a París, Berlín, Hamburgo. Allí les esperaba un pequeño estudio, aquel chamizo o cuartito, donde tan solo cabía una cama y dormían tras largas horas de trabajo de emigrante sufrido e industrializado. A veces en el ladrillo, a veces en la fábrica, siempre les esperaba un cuartucho, con una bombilla y cinco o seis compatriotas más. Cuando traían la familia a Alemania lograban con sus ahorros tener más camas, más espacio, una casa, un colegio. Años después, España se convirtió en un país que recibía inmigrantes: del Ecuador, del Perú, de Rumanía o de Camerún. Enriquecieron nuestro PIB, nuestro crecimiento; ocuparon los puestos de trabajo que nosotros vinimos abandonando: el vareo de olivas, el trabajo en casa, las largas jornadas en el tajo de la obra. Hicieron, hicimos, que nuestro país creciera. Y a cambio, apenas les dimos una escuela menos hacinada, un lugar donde integrarse o la oportunidad de una vivienda digna. Por lo que cuestan varios metros cuadrados en Madrid, puede uno comprarse una casa en Bucarest. Así, con su esfuerzo mancomunado nuestros inmigrantes accedieron a la vivienda uniendo sus trabajo, viviendo a veces varias familias en una misma casa, pidiendo uno tras otro créditos que les hipotecan pero que les promete un futuro europeo más esperanzador. El encarecimiento de la vivienda ha hecho ricos a muchos españoles; el efecto riqueza ha sido espectacular hasta que the party is over. Pero el incremento del precio ha hipotecado de por vida a jóvenes, inmigrantes y rentas menos favorecidas. Ahora, algunos, piensan que ya no les necesitamos. Que la demanda de trabajo es insuficiente para ocupar a aquellos que vinieron de lejos e hicieron este país próspero. Son muchos los inmigrantes que ahora, como otros tantos españoles de origen, lo están pasando mal. En ese sentido todos son clase trabajadora, unos pasando frío como Lemmon en la calle bajo su ventana, otros, como Shirley Maclaine llenando de sueños el futuro.

Antonio Miguel Carmona es profesor de Economía y secretario de Economía del PSM-PSOE

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