jueves, 22 de julio de 2010

De estampitas y otros cuentos chinos

Joaquín Leguina

Cada dos o tres años aparece por aquí algún “salvador” de las pensiones, ora para proponernos milagrosos métodos de capitalización privada, ora para reformar el sistema público. “Tenemos que reformarlo ahora –repiten como papagayos estos últimos- pues en caso contrario el sistema de pensiones se vendrá abajo en poco tiempo”.

No sé si es necesario demostrar que la propuesta de los primeros (aquellos que nos venden un milagroso sistema privado) se parece más al timo de la estampita que a otra cosa, y lo que nos dicen los segundos (los de las reformas en pro de la supervivencia del sistema público) es, simplemente, el cuento de la buena pipa. ¿Por qué hablan de reformas si siempre proponen lo mismo: aumentar el periodo de cotización y reducir las prestaciones?

Que los sistemas privados actualmente vigentes –que han gozado de serias ayudas fiscales y no poca publicidad engañosa- son un timo es fácil de mostrar. En efecto:

a) si quieres cobrar de esos fondos tienes que jubilarte (lo cual va contra los intereses del pagano y también contra los de la Seguridad Social) y

b) una vez jubilado siempre resulta más rentable cobrarlo todo de golpe y devolverle a Hacienda lo que te ha perdonado que cobrar por mensualidades. Lo cual demuestra que cualquier otra inversión, medianamente bien hecha, tiene ventajas sobre ésta.

En efecto, las pensiones privadas son un buen negocio, pero sólo para los bancos, y todo ello sin contar con que algún vaivén bursátil no acabe con buena parte de lo ahorrado.

En cuanto a las pensiones públicas, es bien cierto que la demografía achucha: según el INE, más del 30% de la población habrá cumplido los 65 en el año 2050. Es más, el cociente entre los potencialmente activos y los “jubilables” (personas con 65 años o más) se reducirá a la mitad, pasando de 6 en 2009 a 3,1 en 2049. Esta inexorable situación demográfica pondrá las cosas difíciles al modelo actual de “reparto”, pero la sostenibilidad de las pensiones se puede conseguir también por otras vías, por ejemplo a través de impuestos.

¡¡Impuestos!! Ya he mentado a la bicha.

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